Categoría: Toma de decisiones

  • ¿Qué pasa cuando dejamos de ejercitarnos?

    ¿Qué pasa cuando dejamos de ejercitarnos?

    Si estás leyendo este artículo probablemente en algún momento arrancaste con la actividad física pero por alguna razón dejaste de hacerlo, o lo intentaste en el pasado y te paso lo que le pasa al 50% de las personas: abandonaste antes de los 6 meses. Si perteneces a este 50% reducís a un 20% la probabilidad de arrancar de nuevo durante ese mismo año.

    Una estadística bastante contundente

    Varios estudios indican que abandonamos el ejercicio físico en función de la experiencia que tenemos mientras lo practicamos. La intensidad es la clave para comprender este fenómeno. Las investigaciones muestran que cuando empezamos a ejercitar tenemos altas expectativas respecto a lo que queremos lograr, con lo cual tendemos a hacer sobre esfuerzos y manejar una intensidad fuera de nuestras capacidades físicas. Esto va acompañado de pensamientos negativos, incomodidad y miedo, aumentando las lesiones, el estrés y consecuentemente el abandono. Si bien, esto es más frecuente en principiantes, también se puede ver en deportistas experimentados, sobre todo en aquellos que en el pasado habían logrado un excelente estado físico.

    ¿Qué le pasa a mi cuerpo cuando dejo de entrenar?

    Cuando dejas de ejercitarte se empieza a dar el fenómeno de “desentrenamiento”. Sus efectos van a depender de tu edad, tu estado físico, de cuánto tiempo llevas ejercitando, y también del tipo de ejercicio y del nivel que alcanzaste.

    Existen cientos de estudios sobre los cambios fisiológicos que ocurren. Lo primero que se registra es un cambio en la actividad cardiovascular: tu corazón bombea la sangre de modo más ineficiente, tus músculos pierden capacidad de procesar oxígeno, y tu cuerpo la habilidad de usar los carbohidratos como combustible. Todo esto empieza a ocurrir entre la primera y segunda semana de inactividad.

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    La flexibilidad y la fuerza se ven afectadas a los 3 días de inactividad: los músculos van perdiendo su capacidad de absorber proteínas. A las 3 semanas se registra un cambio en el nivel de masa muscular que habías ganado.

    La verdad es que en total perdés el 40 % de tu estado físico. Tranquilos, la buena noticia es que sigue siendo mejor respecto a alguien que nunca hizo ejercicio.

    ¿Qué te pasa en la cabeza cuando pasas a la inactividad física?

    Culturalmente pensamos más en nuestro cuerpo y menos en nuestra mente. Es interesante revisar qué nos pasa a nivel psicológico cuando dejamos de ejercitar, ya que si lo entendemos tendremos muchas más posibilidades de retomar la actividad aplicando estrategias efectivas.

    Todos inicialmente nos ponemos evitativos. No queremos hablar ni pensar en el tema, si la conversación surge posiblemente la esquivemos, y si tu cabeza insiste en traer esas ideas posiblemente busques rápidamente otra actividad para distraerte y poner la energía.

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    Es probable que el sueño se empiece a desacomodar, que te sientas más cansado e incluso te desordenes con las comidas. Estas más sensible y tu nivel de estrés es más alto de lo habitual.

    Te orientas hacia otras actividades. La búsqueda de recompensas inmediatas toma todo el protagonismo (nuestro cerebro está diseñado para eso). La tecnología parece ser la más elegida para esto: videojuegos, series, películas, son algunas de las actividades suelen llevarse el primer premio.

    Lo más probable es que tomes decisiones en términos cortoplacistas en función de las necesidades del momento. Claro que cada caso es diferente y será parte del trabajo identificar las propias resistencias de cada uno. Entraste en un espiral de hábitos negativos.

    ¿Qué pasa con la motivación?

    En estos casos, la motivación está en baja. Si en el término de tres semanas no retomaste la actividad, es posible que no lo hagas ni ese mes, ni el siguiente.

    Cuando pensás en  tema te enfocás en los posibles errores que has cometido en el pasado. Estas en modo análisis y tu autodiálogo es negativo: el gimnasio no era para mí, no era un buen horario, funciono mejor solo que en grupo (o al revés), no tengo tiempo, tengo mucho trabajo, la familia es más importante.

    De esta forma, desarrollas sin darte cuenta pensamientos automáticos negativos basados en tus emociones. Crees que en el futuro vas a encontrar la actividad que funcione, el horario perfecto, que el trabajo no será un problema y que la familia va a requerir menos tiempo. En definitiva, que en el futuro seguro va a ser más fácil hacerlo y que lo vas a lograr.

    Tenes otras prioridades y planificas en función de eso, por lo tanto administras tu tiempo en modo ineficiente.

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    ¡Calma! La buena noticia es que si arracaste alguna vez, tenés la capacidad de romper las barreras iniciales y ponerte en modo ejecución nuevamente. Que estés leyendo este artículo es un buen indicador. Podes usarlo para volver a pensar en el ejercicio físico desde otra perspectiva.

    Algunas estrategias

     A continuación te compartimos algunas estrategias para que puedas hacerle frente a esta problemática:

    • Acordate de manejar adecuadamente la intensidad y no hacer sobre esfuerzos en el intento de ganar lo perdido. Los objetivos de bienestar se alcanzan con una intensidad moderada. Incluí a otras personas en la actividad te puede ayudar también.
    • Utilizá la tecnología.. Por ejemplo, una aplicación para registrar tus hábitos saludables. Poner objetivos y seguir el progreso empuja la motivación.
    • Si existieran riesgos a la hora de comenzar una actividad, anotalos por escrito y discutilos con alguien.
    • Hacé un registro de pensamientos cuando el ejercicio aparezca en tu cabeza. Te ayudará a tomar conciencia de cómo te sentís y cómo eso afecta tu conducta. Te puede dar vuelta la ecuación.
    • Es fundamental tener éxito al principio. Si lográs romper la barrera de los 6 meses, duplicaste la posibilidad de sostener la actividad durante ese año. Si no podes solo busca ayuda de un entrenador que te evalúe inicialmente y establezcan un plan de entrenamiento acorde para ti.

    Puede ser que por alguna razón el ejercicio hoy no aparezca en tu calendario, pero sabemos que alguna vez lo estuvo. Estas leyendo este artículo, eso significa que la actividad física sigue en tu mapa mental. Aquí intentamos alentarte a retomar y sobre todo a sostener tu decisión. Bucea entre tus pensamientos y reencontrate con la motivación necesaria.

    Lo hiciste una vez, puedes hacerlo de nuevo e incluso mejor.

    ¡Adelante!

     

    Lic. Manuel Pastene

    Lucía Santangelo

  • Tres trucos para empezar mejor el día

    Tres trucos para empezar mejor el día

    Somos muchos los que después de una larga jornada de trabajo llegamos a nuestro hogar casi con “la reserva” de energía del día. Bostezos a toda hora, agotamiento físico, pensamientos que van y vienen, son solo alguno de los síntomas que muchas personas padecen al terminar el día. Te proponemos aquí algunas formas de empezar el día con más energía y sentirte mejor al llegar a casa.

    1. Iniciá tus días de manera positiva.

    Las primeras horas del día son muy importantes para trabajar en el bienestar. Intentá que sean lo más positivas posible.  Pensá si leer o escuchar las noticias mejora tu estado de ánimo. Intenta escuchar programas humorísticos o música que te estimule, en vez de encontrarte con todas las malas noticias que suelen aparecer en los medios. Desarrollá nuevos rituales y recordá que aun los pequeños cambios pueden ayudar: modificá el tipo de sonido o música de tu despertador, hacé cinco minutos de ejercicios de estiramiento o relajación, cambiá el recorrido al trabajo.

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    1. Buen desayuno y almuerzo

    Hay alimentos que tienen componentes más “energéticos” que otros y si conoces un poco cómo funcionan en tu cuerpo, puedes tener la llave de cómo diagramar tus comidas para que tengan el efecto deseado. El consumo de azucares o almidón, hace que nuestro cuerpo aumente con gran velocidad los niveles de glucosa y por lo tanto la “energía” no dura mucho tiempo. En cambio, cuando se consumen alimentos ricos en proteínas, fibras o grasas buenas, el procesamiento es más lento y nos brinda mayores niveles de energía por más tiempo. Ejemplos de este tipo de alimento son las nueces, manzanas, pastas integrales con pescados, tomates, pollo, lentejas, entre otros.

    1. Tomar mucha agua durante todo el día

    Si una persona no consume suficiente agua durante el día, sus niveles de energía pueden bajar así como su capacidad para pensar, resolver problemas, prestar atención e incluso el estado de ánimo. Según estudios, existen efectos realmente negativos en aquellas personas que no toman suficiente agua. Lo que nos alertan es que la sensación de “sed” aparece en un grado de deshidratación del 1% al 2%, es decir, cuando el cuerpo ya ha sufrido el impacto. Tomar agua con regularidad, en pequeñas porciones pero repetidas, puede ayudarte no solo a sentir más energía durante el día, sino también a bajar de peso, mejorar tu piel, entre otros.

     

    Es hora de empezar a disfrutar del día más allá del trabajo. Desde aquí te aportamos algunos consejos que la ciencia nos brinda para que puedas sentirte mejor, con más energía y puedas disfrutar del resto de tu día haciendo las cosas que más te gustan. Los más importante es tratar de mantener tu atención en el presente. Utilizar todos los sentidos y mantener el foco en ellos. Por ejemplo, sentir la textura de las sábanas, el agua caliente de la ducha o el aroma del café. Pequeños cambios como esos en el inicio de tu día, te permitirán empezar la jornada con una energía diferente, una mayor sensación de bienestar y buen humor.

  • ¡Más por más, más!: Las emociones positivas y su impacto en nuestro bienestar

    ¡Más por más, más!: Las emociones positivas y su impacto en nuestro bienestar

     

    Durante el último tiempo se ha trabajado acerca de cómo las emociones positivas aumentan el campo de pensamiento a través de respuestas más creativas y acciones más variadas. Trabajos como el de Barbara Fredrickson, nos permitió conocer cómo las emociones positivas nos ayudan a establecer mejores relaciones, basadas en la cooperación, la amistad y el desarrollo exponencial de otras emociones de igual estirpe. Esto significa, que estar en contacto con personas que positivas, nos ayuda a aumentar nuestro nivel de bienestar y al mismo tiempo a aumentar el número de emociones positivas que podemos experimentar. Otra de las particularidades que tienen las emociones positivas, es que son fácilmente distinguibles entre sí y comunes a diferentes culturas. En general, hablamos de ocho emociones positivas básicas:

     

    Alegría. Es una emoción grata e intensa que se manifiesta cuando nos encontramos en un ambiente agradable. Aparece normalmente en momentos en los que nos sentimos seguros, en contextos familiares o cuando sentimos que hemos alcanzado un logro personal.

     

    Gratitud. Es un estado vinculado con el agradecimiento y el asombro. Es una emoción que nos permite poner en valor aquello que una persona ha hecho por nosotros o ha querido hacer, es decir, su voluntad de beneficiarnos. Esta puesta en valor incentiva a corresponder a aquel que nos ha ayudado de algún modo y al expresarse se convierte en gran fuente de emociones positivas.

     

    Serenidad. Se alcanza cuando estamos en un estado de completa tranquilidad, totalmente presentes y conscientes de lo que estamos viviendo en un determinado momento.

     

    Interés. Se presenta cuando algo nuevo llama nuestra atención, nos inspira y nos provoca fascinación y curiosidad.

     

    Orgullo. Es una de las emociones consideradas de “autoconsciencia”. Confundida con exceso de autoestima, suele ser mal considerada. Con el equilibrio adecuado, lograremos balancear la humildad con el registro real de aquellos logros que han sido fruto de nuestro esfuerzo y merecen que nos sintamos orgullosos.

     

    Inspiración. Es un estímulo espontáneo que tiene como resultado algo positivo: una canción, un cuadro artístico, una buena conversación o una buena comida.

     

    Asombro. Es la sensación de estar en presencia de algo inesperado y conmovedor. El abanico de posibilidades de aparición de esta emoción es muy amplio; desde nacimientos, puestas de sol, alguna canción que nos conmueva, un encuentro inesperado, entre otros. Son momentos de magnificencia y sorpresa.

     

    Amor. Es la emoción positiva más frecuente y abarca todas las anteriores. Cuando sentimos amor, nuestros cuerpos tienen una reacción biológica que incrementa nuestros niveles de oxitocina y progesterona, hormonas que aumentan nuestra sensación de bienestar.

  • Ancianos felices y jóvenes frustrados. La paradoja de la generación Y

    Ancianos felices y jóvenes frustrados. La paradoja de la generación Y

    Seguramente la mayoría de nosotros ya ha visto del video viral sobre los millennials y las particularidades de esta generación de jóvenes que tanto llaman nuestra atención. Si no lo viste el vídeo o crees que es exagerado, ¡Mirá!

    Estudios recientes demostraron que la gente mayor tiene mayores niveles de bienestar subjetivos que los jóvenes de esta generación ¿Por qué será esto? La respuesta es bastante compleja y controversial, pero según la investigación llevada a cabo por la Universidad de San Diego sobre 1546 personas entre 21 y 100 años, los ancianos (a pesar de los dolores propios de la edad y las dificultades vinculadas con el paso del tiempo) son más felices que los jóvenes y tienen una salud mental superior.

    ¿Cuáles son las causas de este tipo de resultados tan paradójicos? Lo primero que se menciona en el estudio es la presión del éxito. Concepto interesante para pensar, ¿verdad? Según el análisis de estos profesionales, los jóvenes no solo cargan con la presión de sus propios logros, sino también con la dificultad extra de ver triunfos ajenos. Ansiedad, depresión, estrés, son solo algunas de los trastornos que sufren estos jóvenes y que, por el contrario, poco se han encontrado en los ancianos.

    La sensación de desaprovechar las oportunidades, la paradójica carrera contra la sensación de tiempo infinito y el apuro con conseguirlo todo “ya”, son algunos de los motivos por los cuales esta generación de jóvenes millennials muestran bajos niveles de bienestar subjetivo. La idea frustrada de poderlo todo, confrontada con una realidad de pocas alternativas, la poca demanda a la gran oferta de profesionales, la inestabilidad de las relaciones, la falta de habilidades sociales, todo este combo de situaciones han puesto en jaque a una generación completa que sufre su día a día como uno esperaría que lo sufriera un anciano agobiado de los achaques que le ha producido el paso del tiempo.

    Tenemos que preparar mejor a los jóvenes para esta era de dificultades, para sortear los obstáculos que la vida inevitablemente va a ponerles. Nuestros ancianos ya han sobrevivo a guerras, hambre, sequías, crisis económicas y aun así, muchos de ellos, mantienen su alegría. Debemos aprender un poco de ellos y formar a nuestros jóvenes en aptitudes vinculadas menos con el éxito y la gloria y más con la resiliencia y tolerancia a la frustración.

    Aquí el video del que todo el mundo habla

  • ¡De soledad, de perdón o de vida yo quiero llegar a los cien años señor!

    ¡De soledad, de perdón o de vida yo quiero llegar a los cien años señor!

    ¿Cómo querés llegar a la vejez?  Más allá de llegar al centenario, ¿es posible envejecer y sentirse bien durante el proceso?

    No se cuántos de nosotros estamos en condiciones de vivir hasta alcanzar las tres cifras y hasta qué punto esto sería recomendable. Lo que sí nos interesa es la forma en la que vayamos a envejecer. No importa si vivimos hasta las 80, los 105 o los 60, la vida es extremadamente dinámica y tenemos dos certezas: vamos a morir y no sabemos cuándo. Por eso, es importante empezar desde tempranito a mejorar nuestra calidad de vida.

    Envejecer no tiene por qué significar malestar. Siempre el tiempo y sus achaques se harán notar, pero hay muchas cosas que podemos hacer para que nada de eso inhabilite nuestra acción y mucho menos nuestro bienestar.

    ¿Cuáles son las cosas que la ciencia nos recomienda para mejorar nuestro nivel de bienestar y para poder mantenerlo durante la vejez?

    Normalmente las personas longevas presentan características particulares tales como: una vida social activa, mente positiva, búsqueda constante de nuevos aprendizajes, trazado de metas a corto plazo, actividad física, dieta saludable, control del peso y de la salud en general, lectura regular, buen sueño y poca exposición al estrés.

    Todas estas indicaciones parecen de un cuento de hadas, ¿cómo es posible que con el tipo de vida que tengo pueda hacer todo eso? De a poco, no hay porque asustarse. Lo fundamental es ir teniendo todo esto en cuenta para poder convertir alguna de estas características en hábitos normales de nuestro día a día. Si tiene que elegir entre mirar una serie nueva que le recomendó un amigo, o salir con él a caminar, elija siempre la segunda. Si debe escoger unas vacaciones en un all-inclusive o visitar a un familiar en un país que le interesa, elija la segunda. Priorice siempre sus vínculos, porque serán ellos la clave para poder automatizar todas las demás actividades. Si tenes un grupo de amigos activo, será más fácil salir de tu casa.

    Un estudio que el Centro de Promoción del Adulto Mayor (CEPRAM) viene realizando entre los inscriptos a sus cursos y talleres, afirma que seguir aprendiendo junto a otras personas es fundamental para el bienestar físico y psicológico. Las casi siete mil personas que ya respondieron la encuesta a lo largo de cuatro años manifestaron que ser parte de un espacio educativo les ayudó a renovar los vínculos y el estado de ánimo, a recuperar las ilusiones y hasta a mejorar la salud.

    No es necesario envejecer rodeado de dolores, de una rutina hogareña agobiante y problemas de salud constante. Adquirí poco a poco alguno de los hábitos que mencionamos arriba y comenzá a disfrutar de tu día a día.

  • Nuevo medicamento de características peludas y risueñas

    Nuevo medicamento de características peludas y risueñas

    Nuevas investigaciones demuestran los beneficios de tener una mascota en casa. Quizás algún día los médicos prescriban adquisiciones de este tipo y las obras sociales las cubran…

    Todo el que ha tenido una mascota conoce y disfruta de los beneficios de su compañía. ¿Qué nos dicen las investigaciones al respecto? ¿Será cierto que son tan beneficiosas o es solo la subjetividad de sus dueños?

    En la vida de cada persona existe al menos una anécdota que incluye un animal. No importa si ha sido propio, de un primo, un amigo o de alguna visita a la granja. Los animales generan todo tipo de sensaciones en las personas; solo pensar en quienes pagan sumas gigantescas de dinero para ir de zafarí y ver a los animales en su hábitat natural, alcanza.

    Hace muchos años que los seres humanos hemos “domesticado” distintas especies de animales. El perro y el gato son los más corrientes, pero hoy conviven en nuestras casas todo tipo de aves, peces, roedores, entre otros ¿Cuáles son las consecuencias que tiene para nuestro bienestar vivir con estos seres vivos?

    Diversos estudios afirman que contar con la presencia de una mascota en casa tiene múltiples beneficios para la salud física y psíquica de las personas: aumenta la calidad de vida, fortalece el sistema inmunológico, previene infartos, disminuye los síntomas de la depresión y la ansiedad, entre otros.

    En relación a la salud física por ejemplo, un estudio realizado por la American Heart Association, demostró que tener mascotas en casa puede contribuir para evitar enfermedades cardiacas. Esto no significa que por tener un perro, casi como algo mágico, se es inmune a los infartos. Lo que el estudio muestra es que la rutina de pasear al perro hace que las personas caminen de manera diaria, una de las prescripciones más usuales para el cuidado cardiaco. Gracias a que lleva a cabo este ejercicio todos los días, la persona es menos propensa a sufrir enfermedades cardiovasculares.

    Estudios de Finlandia, por ejemplo, demostraron que los niños que han tenido más contacto con animales, gozan de un sistema inmune más fuerte especialmente en lo que respecta a enfermedades alérgicas o asma. La investigación más importante se desarrolló durante el lapso de un año, en el que se hizo un exhaustivo seguimiento de 397 recién nacidos. Se estudió como, a lo largo de un año, su sistema inmune respondía al contacto con los animales. El estudio mostró que los niños que más se relacionaron con sus animales, eran más saludables.

    En el aspecto psicológico, diversas investigaciones han puesto a prueba la vivencia subjetiva de los fanáticos de los animales sobre los beneficios emocionales que tienen las mascotas. El veredicto es que su compañía ayuda a disminuir las alteraciones psicológicas, reduce la sensación de soledad, estrés y ansiedad, contribuye en la lucha contra la depresión, entre otros. Lo que se ha demostrado en los últimos años, es que la interacción con los animales (jugar con ellas, pasear, acariciarlas, etc) permite que el cerebro produzca hormonas (oxitocina y serotonina) indispensables para la sensación de bienestar.

    Además de todos estos beneficios, diversas organizaciones han entrenado animales (normalmente perros) para asistir a las personas en su día a día. Son muchos los animales que acompañan a ciegos, paralíticos, autistas, niños con dificultades sociales, ancianos, entre otros, en sus actividades diarias.

    Si bien aún falta mucho por estudiar y existen algunas controversias en torno a estas temáticas, quizás en un futuro no muy lejano, nuestro médico nos prescriba adquirir un animal… ¿cuál será el plan que lo cubra?

  • ¡Alerta holgazanes!

    ¡Alerta holgazanes!

    ¿Qué dicen las investigaciones? ¿Menos horas en el trabajo, mejor rendimiento?

    Recientes  estudios sostienen que menor cantidad de horas de trabajo permite una mayor productividad. ¿Será cierto? ¿Aplica a cualquier actividad?

    La mayoría de nosotros sufrimos el régimen histórico de 40hs semanales de trabajo. Sea el rubro que sea, casi el total de los trabajadores llevan a cabo jornadas laborales que no bajan de las 8hs diarias. El agotamiento, el aburrimiento y otras cuestiones vinculadas a la rutina hacen que muchas personas no disfruten del todo su trabajo y no rindan al máximo.

    No es raro escuchar a un amigo o conocido quejarse sobre sus jefes, lo rutinario de su tarea, el mal ambiente, el salario, entre otros. A veces, repetir todo el tiempo la misma actividad, cruzar siempre a las mismas personas y lidiar con las dificultades propias del día a día puede ser agotador e influir negativamente en nuestro bienestar.

    Muchos estudios han analizado el impacto del trabajo en la vida de las personas y se comprobó que esta actividad implica múltiples aristas. Brinda al sujeto la idea de utilidad y de sentido, ordena y organiza la estructura del día, brinda la posibilidad de acceder a distintos bienes a través del salario, entre otros. Ahora bien, así como existen todas estas posibilidades, también se ha descubierto que cuando una persona no se siente a gusto en su lugar de trabajo, éste puede convertirse en un infierno e influir directamente en la forma en que vive.

    Los suecos han invertido mucho tiempo y dinero a investigar cuestiones vinculadas al bienestar y en particular, en relación al trabajo. Sus últimas investigaciones han determinado que jornadas laborales más cortas (30hs semanales) permiten que las personas no se cansen tanto, que tengan más tiempo libre (y por lo tanto mantengan un mejor humor) y aumenten la productividad. Estas jornadas reducidas comenzaron a implementarse en algunas compañías suecas dando muy buenos resultados iniciales. Obviamente, muchas empresas grandes se han resistido a este tipo de intervención argumentando las dificultades económicas que implica (habría que contratar más empleados, se pierde competitividad, entre otros) y han mantenido sus jornadas tradicionales. De hecho, la mayoría de las compañías aún la mantienen.

    De todos modos, el gobierno suizo no ha dado el brazo a torcer y muchos pequeños emprendimientos y negocios han implementado esta medida con muy buenos resultados. Los temores de tener que contratar más personal, desaparecieron frente a la productividad de los empleados y la eficiencia lograda en la jornada de 6hs. Una de las empresas icónicas para esta intervención pertenece a una mujer llamada Maria Brath y tiene 20 empleados. Desde que implemento la jornada reducida, la productividad aumentó de tal manera que sus ingresos se duplicaron en un año. Redujo el absentismo y logró generar un ambiente de trabajo mucho más ameno y amigable, ya que los empleados trabajan de mejor humor y concentrados en sus tareas. No hay mucho tiempo para discutir, con tanto para hacer y tan poco tiempo.

    En contraposición con esta experiencia, se publicó en un artículo de la BBC un testimonio de una empresaria que llevó a cabo dicha modificación con pésimos resultados. Kenny Kline, de MedPreps, recortó la jornada laboral de 20 empleados de tiempo completo. Todos ellos se dedicaban a idear preguntas para exámenes médicos. El acuerdo implicaba la conservación del salario aunque la jornada fuese reducida. El experimento de cuatro meses fue un fracaso.

    «La cultura de la empresa cambió para peor cuando le dimos a los empleados sólo seis horas al día para idear preguntas de examen en lugar de las ocho horas», señala Kline, cofundador de la compañía con sede en San Louis, Missouri, que vende materiales para la preparación de exámenes médicos en Estados Unidos.

    «Definitivamente, la gente trabajaba más duro y obteníamos más de los trabajadores», dice Kline. «Pero no interactuaban entre ellos. Y estaban mucho menos contentos en el trabajo«.

    Sin mucho tiempo para el almuerzo u otros descansos, los buenos vínculos que alguna vez disfrutó su personal alcanzaron un punto muerto. Es más, afirma Kline, al final del día los empleados quedaban demasiado agotados mentalmente.

    «La gente se sentía mucho más agotada trabajando seis horas diarias, por la intensidad del trabajo», explica.

    La realidad es que aún falta mucho para poder determinar si este tipo de jornadas sirven para poder aumentar el bienestar de los empleados y con él su productividad. Tampoco conocemos si este tipo de intervenciones son aplicables a todos los rubros y trabajos o si en realidad responden a una actividad específica como puede ser la creatividad. Lo que si sabemos desde hace muchos años es que bienestar y productividad están íntimamente relacionadas. Un empleado feliz, es un empleado con mayor entusiasmo, energía y eficiencia.

     

  • Me gané un millón de dólares, ¿Y ahora qué?

    Me gané un millón de dólares, ¿Y ahora qué?

     ¿En qué estoy poniendo mis energías? ¿Voy a llegar a ser feliz alguna vez? ¿Quién será más feliz, Bill Gates o Ravi Shankar?

    No es el dinero que ganamos sino la forma en que lo usamos lo que marcará la diferencia.

    Imaginate que ganas la lotería. Dejando de lado los momentos iniciales de euforía y estupor emocional, tomate unos minutos para pensar: ¿qué harías con ese dinero?

    Seguramente estés pensando (al igual que yo) en cambiar el auto, la casa, comprarte ese televisor de un millón de pulgadas ultra moderno con masajeador de pies, conseguir un robot que haga todo lo que vos no querés hacer, entre otros. Ahora bien, detrás de todo esto (suponiendo que no eras millonario), está la ilusa esperanza de conseguir mayor bienestar.

    Tengo una mala noticia para quienes creyeron que con el robot se les solucionaría la vida: los estudios señalan que luego de algún tiempo, volverás a ser el mismo de antes. Si cambias tu autito viejo, ávido de anécdotas y recuerdos, por un Mercedes impresionante con olor a nuevo, al cabo de unos meses la efervescencia que sentías al subirte a él desaparecerá. Y esto no es todo: si el gasto que implica pagarlo y mantenerlo te impide llevar a cabo otras actividades, como tomarte unas cervezas con amigos después del trabajo o viajar con tu familia, el nivel de bienestar que experimentes será aún menor.

    La realidad es que se consigue más felicidad usando el dinero en experiencias que en cosas materiales. Por ejemplo, preparar una comida exótica con alguien querido, ir a ver a tu banda preferida o conocer el país de donde vienen tus abuelos, dará mejores resultados a tu bienestar porque son experiencias que se conectan con un sentido más profundo. Estas actividades tienen, además un bonus track: suelen acercarnos a otras personas. Con un cine de lujo en tu propia casa, no necesitas de la compañía de alguien más o al menos podrías prescindir de ella y disfrutar de lo que la tele tiene para ofrecer. Las experiencias a las que hacemos alusión, normalmente potencian sus beneficios cuando son vividas con otros. Un viaje con amigos, un partido de futbol con tu hijo, un concierto de la banda preferida de tu adolescencia junto con tus hermanos, son experiencias que nos acercan a nuestros seres queridos y nos vinculan de manera diferente.

    Pero esto no es todo: en 2006, la revista Science publicó el artículo “Would you be happier if you were richer? A focusing illusion” (¿Serías más feliz si fueses más rico? Una ilusión de enfoque), en el que Daniel Kahneman, psicólogo y ganador del Premio Nobel de Economía en 2002, explicaba los resultados de un estudio para comprobar la relación entre el dinero y la felicidad. Consultaron a mil setecientas personas con diferentes niveles de ingresos, quienes, en su mayoría, respondieron que ganar más contribuye a un mayor bienestar. Sin embargo, los investigadores encontraron que aquellos que percibían ingresos más altos no necesariamente vivían mejor. Esto no significa que Bill Gates no sea feliz, sino que luego de un número determinado de ingresos anuales la sensación de bienestar no se ve modificada significativamente. Obviamente si mis ingresos son bajos y me cuesta cubrir las necesidades básicas (comida, vivienda, salud), un aumento de dinero implicará mayor bienestar ya que me dará acceso a cosas fundamentales. Ahora bien, con dichas necesidades satisfechas y con la posibilidad de algún que otro “gusto” los niveles de bienestar entre “muchos gustos” y “algunos gustos” no son muy significativas. Esto significa que si queremos ser felices, debemos intentar ganar el dinero necesario para poder solventar nuestras necesidades básicas y para poder disfrutar de las actividades que nos hacen felices, que si prestamos atención, en su mayoría no implican costos demasiado altos. Una tarde en familia, un partido de futbol, un almuerzo con amigas, una cita romántica al cine, seguramente impacten más en tu bienestar que el robot ultra eficiente del que hablábamos antes.

    La realidad es que no sabemos quién es más feliz, pero si Bill Gates lee este artículo seguro será dificil superarlo.

  • Pienso, luego decido: ¿Qué tan libre crees que sos a la hora de elegir?

    Pienso, luego decido: ¿Qué tan libre crees que sos a la hora de elegir?

    “Lo sentí de esa manera y lo hice” ¿Libertinaje o razonamiento?

    Durante años creímos que consciencia y razón iban de la mano. Sorprendentes estudios han demostrado lo equivocados que estábamos y todo lo que aún debemos aprender sobre el modo en que tomamos nuestras decisiones.

    Los avances de la psicología no solo permitieron que conozcamos más sobre nuestro funcionamiento social y personal, sino que además dieron rienda suelta a nuevos interrogantes. Uno de ellos se vincula con la forma en la que tomamos decisiones. ¿Acaso no nos vemos todos los días en la disyuntiva de decidir?

    ¿Qué tipo de pantalón me pongo hoy? ¿Será necesaria una campera? ¿Comienzo la dieta hoy o directamente el lunes? ¿A quién voy a votar? ¿Renuncio a mi trabajo o pido un aumento?

    Hay muchas teorías y estudios sobre la forma en la que tomamos decisiones. Podemos vernos a nosotros mismos frente a la encrucijada de una decisión: qué ropa me pongo, qué hago de almorzar, le propongo matrimonio, me mudo, entre otros. Distintos grados de complejidad, misma sensación. El mundo en que vivimos nos ofrece múltiples opciones para cada elección. Mis padres cuando terminaron el secundario tenían 10 o 15 opciones de carreras; hoy conviven simultáneamente cientos de posibilidades. Frente a este panorama de indecisión y para quedarnos tranquilos creemos fervientemente que, aunque cuesta elegir, siempre lo hacemos desde la plena libertad. “Yo elijo lo que quiero”… ¿Seguro? Existen investigaciones que demuestran la gran cantidad de sesgos que condicionan nuestras elecciones. Se ha probado cómo cierto tipo de publicidades y estrategias de venta utilizan estas trampas con nuestro cerebro para hacernos consumir sus productos. Ofertas, ubicaciones de ciertas mercaderías en las góndolas, la moda y sus modelos de belleza, entre otros, son la muestra de cómo nuestras decisiones son condicionadas por múltiples factores que no siempre son percibidos por el sujeto que decide. ¿De qué se trata esto?

    Hagamos el siguiente ejercicio: imaginemos a un CEO de una empresa muy importante. Llega a su escritorio y comienza su día laboral. Debe tomar decenas de decisiones las cuales debe analizar “fríamente” porque un error podría perjudicar a la empresa. En este caso, todos podemos imaginar que nuestro ejecutivo analizará cada una de las opciones, con sus respectivas ventajas y desventajas. Es decir, no dejara librada a sus “emociones” tales decisiones.

    Ahora bien, pensemos en un artista independiente, un pintor o un compositor. Si tenemos que pensar en las decisiones de este sujeto, parecería más probable que se dejara llevar por sus instintos, o “corazonadas”. Si pinta con amarillo o con azul, si toca la canción en DO o en SOL. Nuestras “corazonadas”, aquello que nosotros “sentimos” frente a una opción u otra tienen un fundamento racional que esta dado en función de los aprendizajes anteriores que nuestro cerebro fue almacenando. La característica principal de estas corazonadas se vincula con la parte “visceral” de las mismas. Es decir, las sensaciones que invaden nuestro cuerpo cuando estamos frente a una opción u otra. Cuando una persona nos enamora, lo que sentimos en muy particular. Si tenemos miedo, si nos sentimos solos o entusiasmados, también. Todas las sensaciones que han acompañado determinados entornos en los cuales tomamos alguna decisión, quedan almacenadas en nuestro cerebro (y en nuestro cuerpo!) y se reproducen cuando nos encontramos en situaciones similares. A simple vista pareciera que nuestro artista es mucho más libre en sus elecciones que el empresario, pero no.

    Las corazonadas no son más que pequeños recipientes en donde se almacenan nuestras experiencias previas, nuestros recuerdos, nuestra personalidad y todos los recursos que nos ayudan a tomar una decisión. Nada de irracionalidad, ni mucho menos. Los mismos condicionamientos que tiene una persona calculadora, los tiene un sujeto que se guía por sus emociones. Obviamente depende de nuestra historia, contexto y experiencias el tipo de sesgo que tendrán nuestras decisiones, pero seguir a nuestro corazón no va a llevarnos (necesariamente) a un mejor puerto que aquel que decide haciendo un análisis excesivamente profundo de cada situación. Las corazonadas al igual que las estrategias de evaluación de opciones, deberían fundamentarse en cimientos firmes, de otro modo ambos podrían llevarnos a tomar malas decisiones.

    Lo que sabemos es que siempre es bueno repensar nuestras opciones cuando tenemos grandes decisiones por delante. Analizar los pro y los contras, evaluar los distintos escenarios y posibilidades nos permite alcanzar un mayor grado de seguridad respecto a nuestra elección. Las corazonadas deben ser escuchadas como tales, sin desmerecerlas, pero sin que ellas limiten nuestro proceso de deliberación. Ahora bien… si estas en un supermercado y no sabes si comprar una cerveza o un agua mineral para terminar con la sed de una tarde de calor lo mejor es: seguir tu corazón!