“Lo sentí de esa manera y lo hice” ¿Libertinaje o razonamiento?

Durante años creímos que consciencia y razón iban de la mano. Sorprendentes estudios han demostrado lo equivocados que estábamos y todo lo que aún debemos aprender sobre el modo en que tomamos nuestras decisiones.

Los avances de la psicología no solo permitieron que conozcamos más sobre nuestro funcionamiento social y personal, sino que además dieron rienda suelta a nuevos interrogantes. Uno de ellos se vincula con la forma en la que tomamos decisiones. ¿Acaso no nos vemos todos los días en la disyuntiva de decidir?

¿Qué tipo de pantalón me pongo hoy? ¿Será necesaria una campera? ¿Comienzo la dieta hoy o directamente el lunes? ¿A quién voy a votar? ¿Renuncio a mi trabajo o pido un aumento?

Hay muchas teorías y estudios sobre la forma en la que tomamos decisiones. Podemos vernos a nosotros mismos frente a la encrucijada de una decisión: qué ropa me pongo, qué hago de almorzar, le propongo matrimonio, me mudo, entre otros. Distintos grados de complejidad, misma sensación. El mundo en que vivimos nos ofrece múltiples opciones para cada elección. Mis padres cuando terminaron el secundario tenían 10 o 15 opciones de carreras; hoy conviven simultáneamente cientos de posibilidades. Frente a este panorama de indecisión y para quedarnos tranquilos creemos fervientemente que, aunque cuesta elegir, siempre lo hacemos desde la plena libertad. “Yo elijo lo que quiero”… ¿Seguro? Existen investigaciones que demuestran la gran cantidad de sesgos que condicionan nuestras elecciones. Se ha probado cómo cierto tipo de publicidades y estrategias de venta utilizan estas trampas con nuestro cerebro para hacernos consumir sus productos. Ofertas, ubicaciones de ciertas mercaderías en las góndolas, la moda y sus modelos de belleza, entre otros, son la muestra de cómo nuestras decisiones son condicionadas por múltiples factores que no siempre son percibidos por el sujeto que decide. ¿De qué se trata esto?

Hagamos el siguiente ejercicio: imaginemos a un CEO de una empresa muy importante. Llega a su escritorio y comienza su día laboral. Debe tomar decenas de decisiones las cuales debe analizar “fríamente” porque un error podría perjudicar a la empresa. En este caso, todos podemos imaginar que nuestro ejecutivo analizará cada una de las opciones, con sus respectivas ventajas y desventajas. Es decir, no dejara librada a sus “emociones” tales decisiones.

Ahora bien, pensemos en un artista independiente, un pintor o un compositor. Si tenemos que pensar en las decisiones de este sujeto, parecería más probable que se dejara llevar por sus instintos, o “corazonadas”. Si pinta con amarillo o con azul, si toca la canción en DO o en SOL. Nuestras “corazonadas”, aquello que nosotros “sentimos” frente a una opción u otra tienen un fundamento racional que esta dado en función de los aprendizajes anteriores que nuestro cerebro fue almacenando. La característica principal de estas corazonadas se vincula con la parte “visceral” de las mismas. Es decir, las sensaciones que invaden nuestro cuerpo cuando estamos frente a una opción u otra. Cuando una persona nos enamora, lo que sentimos en muy particular. Si tenemos miedo, si nos sentimos solos o entusiasmados, también. Todas las sensaciones que han acompañado determinados entornos en los cuales tomamos alguna decisión, quedan almacenadas en nuestro cerebro (y en nuestro cuerpo!) y se reproducen cuando nos encontramos en situaciones similares. A simple vista pareciera que nuestro artista es mucho más libre en sus elecciones que el empresario, pero no.

Las corazonadas no son más que pequeños recipientes en donde se almacenan nuestras experiencias previas, nuestros recuerdos, nuestra personalidad y todos los recursos que nos ayudan a tomar una decisión. Nada de irracionalidad, ni mucho menos. Los mismos condicionamientos que tiene una persona calculadora, los tiene un sujeto que se guía por sus emociones. Obviamente depende de nuestra historia, contexto y experiencias el tipo de sesgo que tendrán nuestras decisiones, pero seguir a nuestro corazón no va a llevarnos (necesariamente) a un mejor puerto que aquel que decide haciendo un análisis excesivamente profundo de cada situación. Las corazonadas al igual que las estrategias de evaluación de opciones, deberían fundamentarse en cimientos firmes, de otro modo ambos podrían llevarnos a tomar malas decisiones.

Lo que sabemos es que siempre es bueno repensar nuestras opciones cuando tenemos grandes decisiones por delante. Analizar los pro y los contras, evaluar los distintos escenarios y posibilidades nos permite alcanzar un mayor grado de seguridad respecto a nuestra elección. Las corazonadas deben ser escuchadas como tales, sin desmerecerlas, pero sin que ellas limiten nuestro proceso de deliberación. Ahora bien… si estas en un supermercado y no sabes si comprar una cerveza o un agua mineral para terminar con la sed de una tarde de calor lo mejor es: seguir tu corazón!